¿Por qué yoga?

Es una pregunta que me cuesta responder. Me cuesta sobre todo porque lo primero que dice mi mente cuando lee la pregunta ¿por qué yoga?es ¿y cómo no?

Durante toda mi vida he ido de aquí para allá, he vivido en 3 países y viajado por los 5 continentes. Aunque me encanta la rutina, mi corazón está dividido entre el quedarse y el irse, el echar raíces y el echar a volar. Supongo que tengo un alma errática.

Esto siempre me ha llevado a periodos de euforia por nuevas experiencias y periodos de nostalgia y tristeza por lo que dejo atrás. Hasta el punto de no encontrarme en casa en ningún sitio y sentir que vivo muy dentro de un huracán.

Pero de repente un día, nada más llegar a Australia, la cuenta corriente no alcanzaba para pagar 55$ semanales de gimnasio, por lo que (gracias al cielo) tuve que conformarme con un intro passde un estudio de yoga a 4 minutos andando de mi apartamento. Por 20$ podía ir un mes. Supuse que al menos me ayudaría a quemar las calorías extra que conlleva mudarte de ciudad y hacer amigos a golpe de pintas de cerveza. Y qué poquito sabía entonces de lo que el yoga iba a cambiarme la vida. Fue lo típico que va calando hondo sin que te des cuenta. Como la clásica pareja a la que no quieres llamar pareja para que no parezca que va en serio. Aunque todo el mundo lo sabe, tú la primera.

Lo mío con el yoga fue un poco así. Iba a mis clases, salía flotando, y seguía mirando gimnasios a los que apuntarme cuando se me acabase el intro pass. Y llegó el día 30. Me quedé sin clases y con un vacío inmenso. Aunque no me había dado cuenta, me había dedicado más de 30h a mí misma durante el último mes. Y no recuerdo la última vez que había pasado.

Había evolucionado sin notarlo, había llorado en un savasana, había sentido y sentido mucho. Había dejado de salir por ir a clase a las 6am. Había puesto lavadoras que no me apetecía poner para tener ropa de deporte limpia. Había dejado las excusas donde no podía verlas para apagar la alarma al primer aviso. Había conseguido evadirme durante una hora al día.

Y ahora entiendo que evadirme era en realidad conocerme, escucharme, dedicarme tiempo, quererme, cuidarme. Pero no lo había hecho antes, así que, ¿cómo iba a saberlo?

El yoga me ha enseñado que mi casa es mi cuerpo. Que mi casa es mi respiración. Que mi casa soy yo. Que mi cuerpo es mi aliado, y no mi enemigo. Que su única función es mantenerme viva, es llevarme a sitios, es amortiguar mis tropiezos (que son muchos).

El yoga me ayuda cada día a encontrar la estabilidad sin importar lo que hay fuera. Sin importar los factores externos. Y déjame decirte que ese es un sitio precioso desde el que asomarte la vida.

El yoga me ha dado un sitio al que siempre puedo regresar:

a mi misma.

a mi casa.

a mi práctica.

   

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