Por qué yoga nos hace humanos.

Todos nos iniciamos en yoga por algún motivo.

Yo empecé porque era lo único que me podía permitir para sentirme “fit” al mudarme de país (y de continente). Hay quienes acompañan a su pareja, por aquello de “hacer más cosas juntos” o bajo la típica frase de “el yoga te va a encantar, me ha cambiado la vida”. Hay otros que tienen una práctica espiritual bien establecida, y necesitan ese tiempo para reconectar consigo mismos. Otras personas ponen el primer pie en una clase de yoga porque el médico les ha dicho que les va a ir genial para tratar su depresión, o su escolieosis, o para aliviar su tratamiento de quimioterapia.

Hay quien viene a clase con prótesis en la cadera y clavos en la rodilla. Hay quien ha hecho danza toda la vida y ha encontrado en el yoga una deliciosa forma de expresión. Hay quien va con amigos pensando en el desayuno que se habrán ganado después. Y quien hace yoga para estirar y complementar sus clases de surf.

Hay quien siente una profunda conexión con su filosofía y la cultura que hay detrás.

En clase, hay quien suda desde el minuto uno hasta en invierno, quien se esfuerza por lograr asanas imposibles aun a riesgo de partirse el cuello y llevar sólo 2 semanas practicando. Quien se odia por no conseguirlo y quien no se exige nada.

En cada clase hay caras de satisfacción por un trabajo bien hecho, caras de sorpresa porque “por fin he llegado a hacer esta asana”, caras de emoción porque “mi vida es increíblemente intensa en este momento y me estoy permitiendo soltar”.

También hay caras de frustración porque “hoy no me sale”, caras de circunstancia porque “no sé qué hago aquí”, caras de dolor porque “hoy mi cuerpo no quiere, y me resisto” y cuerpos en balasana (postura del niño) porque “este tiempo es para mí y me permito lo que necesito hoy”.

Y esto es maravilloso.

Es maravilloso pensar que en cada clase da igual de dónde venimos, o a dónde vamos luego. Pensar que da igual tu salario de seis cifras o tu trabajo por horas que apenas te da para pagar el arriendo. Que da igual que seas padre soltero y tengas que hacer cena para tres bocas hambrientas o que no tengas a nadie con quien compartir un vino esa noche. Da lo mismo lo que hayas hecho, o quién seas, porque sinceramente allí, a nadie le importa, y nadie te juzga por ello.

Pasar una hora y media (o incluso 20 minutos) en un mat poco más grande que las dimensiones de nuestro cuerpo es un reto inmenso. Nos permite volcar nuestras inseguridades y nuestras fortalezas y ver desde fuera cómo reaccionamos ante ellas. Nos permite sentir cada asana y pasar por un remolino de frustración, ansiedad, paz, orgullo, cansancio, abatimiento, euforia, dolor, satisfacción, amor y calma que metemos en una coctelera durante el viaje y nos aterriza en Savasana.

Con el tiempo, he podido ver como todos los que empiezan yoga por lo físico, por lo espiritual, o por quién sabe qué razones, hacemos el viaje de la mano. Todos tenemos los mismos problemas, preocupaciones, trabajamos para superar, entender y disfrutar las mismas emociones, en mayor o menor grado. Igual que cada cuerpo se enfrenta a cada asana en la medida de sus posibilidades o de la forma en que sabe o puede hacerlo.

Y este es un regalo que me hago cada vez que doy, o recibo clase.El recordatorio de que da igual de dónde o hacia dónde, este viaje no lo hacemos solos. Somos todos iguales, y somos todos humanos.

Namasté.

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